Hoy voy a romper una lanza a favor de un francés. Si, hoy por fin he escuchado de los labios de uno reconocer que ellos son, posiblemente, la nacionalidad más antipática del mundo. Repito, hoy lo ha dicho un francés.
Y esta afirmación no deja de ser curiosa, teniendo en cuenta que de casta le viene al galgo, y que no es por tirar de prejuicios, pero en este caso es algo que se cumple con bastante frecuencia. Es curioso el tiempo que una persona tarda en demostrar sus hipótesis. A veces nunca llegan a corroborarse, y al principio empiezas a pensar que eres tú la que tiene un mal día o que en parte provocas esas caras largas en los que tienes enfrente. Pero esta confirmación ha llegado tras dos días de extrañas casualidades con la amabilidad francesa. Dos días seguidos, que no quiere decir que no se den situaciones de vez en cuando, pero cuando llevas dos días sin ver el sol y un antipático te anima el día es la guinda del pastel.
El primero de estos hechos me ocurrió anteayer. Iba tranquilamente con mi bicicleta por mi carril bici. En estas, un coche se subió a la acera e invadió mi carril. Yo me paré en seco y lo que se me ocurrió decir fue un \»eeeh\» con todo el acento español que me pudo salir. El coche paró en seco y aquí llegó la escena que nunca me hubiera imaginado: el copiloto del coche bajó del vehículo y se encaró conmigo. Yo en la bici parada no daba crédito a lo que estaba viendo. Fue un impulso lento e intenso porque conforme seguía maldiciendo volvió a entrar al coche. Yo seguí mi camino, eso si, quedándome bien tranquila diciendo un par de cosas bien dichas, en español claro, ya que cualquiera se atrevía a decir algo en francés a ese energúmeno.
El segundo ejemplo al día siguiente. Iba en un tranvía repleto de gente donde no cabía ni un alfiler, cuando una mujer me empujó literalmente de donde estaba yo apoyada y se acomodó. Perpleja por la actitud, le devolví el movimiento, en cierta medida, y entonces empezó a decirme que si quería empujarla que ella era más fuerte y que iba a ganarme. Durante unos segundos me quedé paralizada hasta que me empecé a reír. Esa fue mi reacción al ver la rabia contenida que tiene la gente en esta ciudad: es para escribir un relato día si, día también. El caso es que conforme me reía y ella le contaba a otra mujer del tranvía que yo la estaba empujando, solté una frase en español y me quedé más ancha que larga, diciendo algo así como: \»qué amargados están en esta ciudad\». Obviamente no hubo replica por su parte, no me entendió. Siento decir que es de las cosas que más me gustan de ser extranjera: puedo decir lo que me venga en gana porque la mayoría de las veces no me entienden.
Estos son dos ejemplos reales que me han sucedido en París. Lamento tener que tirar de estereotipos, pero si no eres turista acabas desmitificando lugares con bastante facilidad. Y sobre todo aquellos que tienes en un altar, porque la caída es desde mayor altura. Hoy ha tocado algo negativo, pero para contrarrestar, diré que el día ha empezado obsequiándome con sol.


