Rompiendo prejuicios

Venga, ya es hora de que nos desprendamos de todos aquellos mitos que giran en torno a los españoles. Ya esta bien de que cada vez que abra la boca y se me note el acento digan «aaah España: fiesta, siesta y toros». Entonces utilizo mi mecanismo: esbozo una falsa sonrisa y finjo reírme para culminar la conversación con habitualmente la misma frase: eso de la siesta es un mito.

Y tanto que lo es. Creo que ya va siendo hora de empezar a cambiar los estereotipos que todos nuestros antepasados han ido construyendo alrededor de lo que es España. Y digo que ya va siendo hora porque voy a defenderme de todos estos meses de continuos comentarios simples, facilones y cargantes con un poco de su propia medicina: voy a soltar prejuicios de diferentes nacionalidades.

Vais a perdonarme y todos me caéis muy bien. Nunca he tenido problemas con ninguna nacionalidad en particular y eso sigue siendo así. Pero, basta de adjudicarnos el mito de «fiesteros»: atención mundo, es hora de que sepáis que no, que no somos los más fiesteros. Y aquí es cuando va a caer el prejuicio número 1, porque en el primer puesto del ranking se sitúan…¡¡los belgas!! Parecen modositos, políglotas y muy chocolateros, ¿verdad? Pues tras esa apariencia serena aparece un personaje que se aleja bastante de la fachada. Porque nada más lejos de la realidad: son los más cerveceros del mundo, y por ende, los que más borracheras cogen de todos. Ahí andan con los alemanes casi de la mano, pero no, no nos dejemos engañar, aquí los amigos se encuentran en el puesto número uno.

Segundo mito: «los españoles gritamos mucho». Erroooooor. Si algo he descubierto en la empresa que trabajo estos meses es que los alemanes o italianos no se quedan atrás. Son estupendos, una cosa no quita la otra, pero gritan. No saben modular su voz. No pasa nada, aquí todos tenemos lo nuestro.

Tercer mito: «los españoles somos maleducados y mal hablados». De nuevo, errooooor. Los franceses aquí nos ganan. Y ya que es la tierra que me acoge no quiero recrearme en este aspecto, pero durante estos meses he vuelto a comprobar, como tercera experiencia en Francia, que son pomposos para hablar, les encanta ser corteses de boquilla, pero que luego debe ser que todos sus esfuerzos se quedan ahí, en sus frases radiantes. Bueno y eso los que se dignan a saludar. Muchos debe ser que llevan ya tantos años haciéndolo que cuentan toda la palabrería y saludos bonitos y, como les sale la media, han decidido que ya han cumplido. Por cierto, apunte para los que visiten París y vayan a coger el transporte público con cierta asiduidad: cuidado con los «pardon!» porque normalmente van precedidos de un puñetazo en alguna parte de tu cuerpo que indica «déjame salir o déjame salir». Mis órganos empiezan a sentir ya los efectos secundarios, aviso. Y cuando camines por la calle, si quieres llegar ileso a casa y no te apetece cabrearte, déjales pasar. No luches por seguir tu camino, esquívalos, porque sino al final te acabaras cansando y afectará a tu estado de ánimo. Hacedme caso, que pasen. Yo sólo lo permito porque es la tierra de la libertad, igualdad y fraternidad y bueno, en eso me caen bien. Que conste.

Y tras haber roto varios prejuicios, y de paso haberme defendido un poco que falta nos hacía, creo que dejaré este juego tan divertido porque nunca se sabe donde tendré que volver a emigrar el día de mañana. Así que por ahora lo dejamos aquí. Y no, no voy a celebrarlo yéndome a ver una corrida de toros, a ver si viajáis un poquito a España y nos conocéis, s’il vous plaît.

PD: Franceses, el próximo día voy con lo difícil que nos lo ponéis para aprender vuestra lengua. Ahí si que hay tela para cortar.

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