Efectos colaterales

Y tras varios meses experimentando en mis carnes cómo son los franceses, resulta que ahora soy una de ellos.

Quizá es precipitado afirmar algo así, pero es algo que poco a poco te van contagiando: el ánimo, las costumbres y la deshumanización. Esta ciudad acaba por convertirte en piedra, acabas por ver lo injusto habitual y te enfrías. En resumidas cuentas, o te adaptas o no sobrevives a todo lo que te muestra.

En segundo lugar, empiezas a cambiar tu concepción de «normal». Porque sino todos los días me sorprendería ver cómo conducen, cómo se saltan a la torera las señales o los ruidos de su alrededor. Empiezo a pensar que viven insonorizados tras una burbuja protectora. Porque sino no concibo como una ambulancia suba encima del carril bici, con un importante desnivel de la carretera al carril, rozando los bajos y dando un salto importante, y que al hacerlo casi me dé mientras voy con la bici por donde me corresponde. Sí, me ha pasado, y me sorprendí, pero ya no me altero, ¿acaso conseguiría que dejaran de hacer estas barbaridades? Porque hoy me ha vuelto a pasar con un coche, así que esto es un poco azar: si me dan, ya me pagarán. O quiero pensar.

En tercer lugar, caerte de la bici. Sí, hoy una transeúnte ha decidido no escuchar el sonido de mi timbre ensordecedor seguido de un «eeeeeh» que ha llegado tarde porque he visto a cámara lenta como me iba precipitando al suelo. Tengo que reconocer, a favor de los franceses, que unas 3 o 4 personas han venido enseguida a socorrerme y que una de las mujeres le ha echado la bronca a la chica diciéndole que su obligación era haberse apartado y que no debería andar por el carril bici. Así que un amplio merci, no están tan deshumanizados, hay esperanza.

En cuarto lugar el «voy a conseguir entrar y a contener la respiración porque sino no llego al trabajo» en el tranvía por la mañana. Sí, esto es así. Y he tardado en asumirlo, no es algo de mi agrado, pero terminas por aceptar que el 99% de los días irás cual sardina dentro del convoy. Y no te queda otra que rezar para que el de al lado se haya duchado.

En quinto puesto huir del sol. Me he acostumbrado al mal tiempo y el bueno me da cierto repelús. Aún recuerdo los primeros días que empezó a hacer calor que me encantaba. Bien, pues ya no. En esta ciudad si hace calor corres el riesgo de pasar mucho y cuando digo mucho es mucho calor. Su humedad es bestial así que sol pero sin muchos grados, por favor.

En sexto lugar está el comprar productos bio como si lo hubieras hecho toda la vida. He de reconocer que ahora sólo compro algunas cosas bio. Pero es que, lo que diferencia este tipo de comida con España, es el precio. Aquí es prácticamente el mismo. Y en determinados artículos te compensa comprar el bio. Es así. Te vuelves biológico casi sin planearlo.

Séptimo apunte: la mantequilla. Al principio de llegar engordas, y tienes que asumirlo como un mal menor si quieres disfrutar de la pastelería francesa y de su gastronomía, porque no olvidemos que los franceses, todos, comen con una base de mantequilla en sus platos, que no aceite. Pero una vez tu cuerpo se adapta a esta nueva calórica costumbre parece que, al menos, paralizas un poco el aumento de peso. E incluso no te saben tan mal las ensaladas sin aceite. O te autoconvences.

En octavo lugar, la cortesía. Acabas aprendiéndola e incorporándola a tu día a día. Tanto que si te paras a pensar te das cuenta que tu jamás has sido así, pero que en Francia tienes que serlo. Porque lo normal es decir merci 3 veces seguidas, saludar a todo al que te cruzas y desear siempre que sales de algún sitio un buen día o tarde. Y acabas por cogerle gusto y todo, es algo bueno que tienen.

En noveno, te transformas. Sí, como en alguna ocasión he dicho, tanta parafernalia de vocabulario luego está vacía de formas, todo se queda en la palabra. Bien, pues eso que hacen ellos de pegar codazos en los transportes públicos y decir «pardon» 4 veces seguidas el otro día lo hice yo. Me sorprendí sucumbiendo a esta práctica tan , si puedo decirlo, falsa, interesada. Pero te amoldas o sino, te comen. A codazos y empujones, obvio.

Y por último y décimo lugar el caos. Entras en él, te da hasta cierto despeje matutino cabrearte, entrar con el ceño fruncido al trabajo y maldecir durante dos horas al tipo que se coló para entrar al tranvía antes que tú o que posó su espalda sobre la tuya acomodándose y quitándote tu espacio vital.

Bueno, este último apunte es un poco mentira. Pero os diré un secreto: cabrearte te cabrearás con ellos, pero no te aburrirás. Incluso cuando superas estos comportamientos acabas hasta por verlos graciosos. Bueno, esto tampoco es muy verdad, pero soy feliz en mi autoconvencimiento. BTW paciencia, que París es mucha ciudad.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.