«Lo importante era que en algún punto, aunque fuera breve, ella y yo nos encontrábamos»- Marwan
Esta es una historia de amor de cielos grises, a veces azules y a veces llorosos. Y también radiantes. Las cuatro estaciones se juntaban en una misma. Ella subía, yo bajaba. Y daba bastante igual si la recorrías en bicicleta, en autobús, en tranvía o andando. Ella siempre te sorprendía. No sabías bien cómo ni porqué pero cada día había algo nuevo que te aportaba. Bueno o malo. A partes iguales y en perfectas cantidades niveladas.
Su olor, su educación, su caos. Todo formaba parte de sus calles, de sus locales, de su gente. Y aunque pareciera fabricada para el turista tenía algo mucho más intenso que ofrecer, pero no estaba al alcance de la vista de todos. Su historia, su arquitectura, su unión entre lo viejo y lo nuevo. Ella acogía a todo el mundo, pero no a cualquier precio. Debías demostrar tu valía así que no te quedaba otra que luchar, caerte, caerte y volver a caerte. Y quizá en uno de esos traspiés conseguías levantarte. Eso sí, cada vez ella podía menos contigo. La dominabas, la conocías, y hasta la apreciabas. Y aunque echaras de menos tantas cosas ella te había dado y quitado mucho. Siempre a partes iguales. Su equilibro la volvía tremendamente enigmática.
Daba igual si yo iba o ella venía. La cuestión es que nos encontrábamos. Siempre acabábamos volviendo la una a la otra. Y por alguna extraña razón sabía que no era un adiós. Sabía que volvería a formar parte de mí cuando estuviera preparada para encontrármela, a medio camino, justo en el momento en que la necesitara.
A París.


