Dicen que para poder valorar el trabajo que realiza alguien, necesitas que esa persona deje de estar en su puesto. “Parece fácil lo que hace”, pudieron decir muchos. Cuando esa persona se marcha, y alguien ocupa su lugar, confirmamos, o no, nuestros pareceres.
Pasa lo mismo en la vida personal: cuando las personas no están, tanto si es porque están lejos o porque ya no volverán, en esos momentos al notar su silencio, es cuando sientes, paradójicamente, su presencia.
La Navidad es tiempo de presencias y de ausencias, también en este año covid. La pandemia nos ha quitado muchas cosas, nos ha impedido otras, nos ha encerrado en nuestras casas y en nosotros mismos. Pero la Navidad siempre vuelve dando igual qué sucede en el mundo, y nos permite abrir las puertas a los recuerdos, aunque las mesas estén más vacías, el ánimo empiece a pesarnos o no nos haya tocado la lotería.
Cuando era niña recuerdo que las navidades las vivía con una ilusión desbordante. No sé si es que, al llegar a la treintena, los acontecimientos empiezan a verse de manera diferente. Es como si el velo, todos tenemos uno con el que miramos el mundo, que tenía de niña, ese velo lleno de purpurina, por el que pasaba la luz más clara, se hubiera ennegrecido, enmohecido o ensuciado. En cierta manera, lo vivido ha ido dejando sus heridas, y en la Navidad y el año nuevo, donde todos solemos hacer balance del año, las acuciamos.
Sin embargo, creo que podemos aprender a regresar a esa infancia. El otro día leía un texto de Laura Ferrero en el que hablaba de que los adultos seguimos teniendo una esencia infantil, aunque pretendamos ocultarla. Seguramente, solo sea cuestión de, como decimos los valencianos, espolsar (sacudir) el velo, ponerlo al sol, y lo más importante, mirar a través de él con otra actitud. Sí, el año 2020 podría haber sido mejor. Pero también podría haber sido peor. Así que, sintamos y apreciemos lo que tenemos en estos días viajando a nuestro yo niño que siempre nos espera con los brazos abiertos.
Felices fiestas.


