Los que escribimos vivimos en ocasiones un problema de decisión argumental: nuestra cabeza baraja contar muchas cosas diferentes, que sean expresadas para que puedan descansar en una pantalla o papel, con la esperanza de que así nos pesarán menos. A veces se consigue, otras no, pero intentamos que así sea para que lo escrito no sea en vano.
Hoy es un día de esos porque en este año que llevamos casi de COVID, me planteo tantas cosas que no sé por dónde empezar: ¿El COVID nos ha enseñado algo? ¿Mejoraremos como especie? ¿Conseguiremos empezar a ser críticos, nos sacudiremos de una ideología opresora que nos convierte en menos libres? ¿Apreciaremos más los pequeños momentos? ¿Seremos más hedonistas, más alegres, más observadores? Cuando termino de plantearme todo esto, vuelvo a la duda inicial, ¿El COVID nos ha enseñado algo?
Mindulness y meditación
Hay una enseñanza del mindfulness que dice que todo pasa, nada permanece, tanto lo malo como lo bueno. Los malos momentos, ya sean más poderosos por la emoción o por los pensamientos, debemos vivirlos, ser conscientes de ellos, transitarlos, pero sin apegarnos, ¿y cómo se hace eso? Yo he aprendido a hacer algo a diario, unos 30-40 minutos, que me está ayudando a espaciar, a conectar con esos pensamientos y a transitarlos de un modo menos intenso, escuchándolos, estando, y diría que empiezo a notar los beneficios: meditando. Además, he conectado mucho con un libro del que te hablaré otro día que se llama «Mindfulness. Atención plena», de Andy Puddicombe.
No puedo hablar por el resto, pero si por mí. A mí el COVID me ha provocado de todo: inseguridad, miedo, tristeza, rabia, dolor, momentos de calma, de lucidez, de arriesgar, de apaciguarme, de valorarme, de intentar. Intentar mientras estemos en esta situación, aprovechar la pausa. Y lo más importante, seguir viviendo. Hay mucho por vivir desde la pausa.


