En busca de la felicidad

Ya lo dice Alice Munro en Demasiada felicidad: «Sabes que solamente tú puedes salvarte».

Somos seres que vivimos en comunidad y por eso, somos dependientes de ella. Desde pequeños no nos enseñan a ser independientes, más bien al contrario, nos enseñan a necesitar a los mayores, a los amigos, a la comunidad. Y ese exceso nos dificulta tomar decisiones, y sobre todo, nos dificulta saber salvarnos a nosotros mismos de nuestros obstáculos. Después, de adultos, nos pasamos la vida, los que no huyen hacia adelante, en terapia cognitivo-conductual, algunos indagan más y se adentran con otro tipo de terapias buscando paliar sus traumas, y otros acuden directamente a la medicación para superar «el bajón de felicidad» o «la mala racha» que están pasando. Y todo porque no sabemos ver, como Alice Munro dice también en su obra, que «la vida puede ser plena sin grandes éxitos».

Entonces, no nos queda otra que darnos cuenta de que la felicidad está en los no éxitos, en las pequeñas cosas que nosotros nos construimos a diario para salvarnos: esa clase de yoga, ese café con las amigas todos los jueves, esa hora al día de lectura, de escritura, de paseo por la playa, ese vino con la pareja, planificar ese viaje. Esa es la felicidad real y no la que nos venden de amor perfecto (por favor que pase pronto San Valentín), vida perfecta, trabajo perfecto, rutina perfecta, buaj, cuánta perfección.

Creo que es el clic vital más revelador y al mismo tiempo, más amargo de todos: la felicidad no son fuegos artificiales, son instantes buenos.

Está claro que mi desahogo viene acompañado desde un ordenador, sentada en un sofá confortable desde el que vivo una vida acomodada, en la que tengo todo tipo de beneficios sociales, económicos, relacionales y de salud. Y quejarse no está bien. Justo eso me decía hace poco una amiga, «me da vergüenza quejarme porque soy afortunada».

¿Qué es la fortuna? La suerte favorable. La suerte, cuánto entra en juego y qué poco la contamos. Y el éxito. ¿Qué es el éxito? La buena aceptación. Me pregunto cómo se puede aceptar algo de manera favorable. La mayoría de veces que he escuchado esa palabra, aceptación, ha venido acompañada de resignación, de consentimiento.

La queja tiene mucho de cambio, de movimiento, de revolución. De no resignación. Quizá no está mal quejarnos aunque seamos afortunados. Quizá debamos empezar a normalizar la no felicidad, que todo sea dicho de paso, la mayoría de la gente la sufre. Quizá debamos lamer nuestras heridas en público, de responder a un «¿qué tal?» un «no muy bien» o un «¿respuesta corta o larga?».

Porque quizá, y para acabar con Munro debemos dejar de potenciar la coletilla social de «es una fase…quiere probar la independencia». Igual no es una fase, igual es la vida plena que quiere.

Quizá seas más valiente que todos por intentarlo. Y sino, ya habrá tiempo de vivir los no éxitos.

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