Los que vivimos fuera conocemos lo duro que es eso.
Esta frase, que si no lo has dicho tú porque no has vivido la experiencia de tener que salir de tu casa con una maleta milimétricamente pensada, un carro de nostalgia y muchos nervios, seguro lo habrás oído de algún amigo o conocido.
Parece bastante obvia, ya que cualquier cosa que suponga salir de tu zona de confort va a resultar cuanto menos engorrosa. Pero resulta que hay ciudades más adaptables que otras. Unas que te lo ponen más fácil, otras menos, y un millón de detalles que crean el contexto movedizo en el que alternas.
París es una ciudad dura. Lo supe cuando viví hace 3-4 años. Y lo corroboro ahora.
Es una constante lucha entre ella y tú. Es un constante forcejeo para que no te acomodes nunca. Siempre debes permanecer alerta a ella: a sus vaivenes, sus caprichos, sus imprevistos y su fortaleza. La de ella, porque la tuya continuamente está a prueba. Es una ciudad que te mantiene siempre alerta. Nunca duerme y por tanto tú, ciudadana de segunda de poco monte y pequeña entre el mundo que la compone, sólo eres un peón más en su engranaje.
Puede sonar duro o paradójico porque París es la ciudad del amor, de la luz, de los artistas y de dicen, millones de cosas más. Pero visitar no es lo mismo que vivir. Conocer no es lo mismo que saludar todos los días al portero de tu casa. O haber logrado decir por las mañanas un efusivo Salut! a la recepcionista de tu empresa, habiendo dejado el formal Bonjour un poco de lado, es todo un logro. Eso sí sólo con ella, no te vayas a confiar. Cuando cada vez hayan más Salut!, más Ça va, y más À demain! puede que ya estés entrando en su mecanismo. Pero no esperes que todo lo demás desaparezca: las incomodidades, los sobresaltos, las alertas. Porque eso, viviendo en París, jamás desvanece.


