Liberté, Egalité, Fraternité

Posiblemente será el asunto más escrito de este 2015, y acabamos de iniciar el año. Posiblemente, como he leído en algunos periódicos, ésta ha sido la manifestación más multitudinaria en todo el mundo desde la que reunió a millones de personas en la II Guerra Mundial.

Y posiblemente, haya vivido un momento histórico sin precedentes y muchos ni seamos conscientes de ello.

Pero al margen de la cifras, las grandes polémicas sobre si los jefes de estado estuvieron aparte de la cabecera , se hicieron la foto y se fueron, y de la organización y lentitud de la manifestación, e incluso de lo que algunos hacían allí, porque a menudo se aprovecha para juntar churras con merinas, París ayer fue, como bien ha declarado hoy su alcaldesa en su twitter «la capital del mundo».

Habrán muchas crónicas de cómo fue transcurriendo la marcha pero a mi me gustaría hacer la mía:

Empezar por el final fue el plan trazado junto a un grupo de españoles al que me uní. Decidimos empezar por el tramo de llegada para allí tener una panorámica perfecta. Y para que vamos a engañarnos, porque no había modo de llegar a République ya que las estaciones de metro de alrededores estaban cerradas. De entrada el silencio era realmente característico. No se escuchaban voces más altas que otras, a pesar de la cantidad de gente que estaba en el lugar, ni gritos fuera de contexto. De repente, como si de una orquesta se tratara, las personas de los balcones empezaban a aplaudir y la gente les seguíamos al unísono, emocionados, dando palmadas con una intensa pasión. Así cada cierto tiempo. O gritaban, «Vive la France» mientras entonaban emocionados la Marsellesa. Nation, que era el final de los 3 recorridos, estaba poblado desde horas tempranas. Poco a poco millones de carteles, familias, parejas, grupos de amigos, de estudiantes, personas mayores, españoles, franceses, e incluso un colectivo de Siria, fueron entrando por el Boulevard Voltaire a la esperada plaza de la libertad.

Y entonces llegó el punto en el que me emocioné más si cabe con lo que mis ojos ya habían ido captando a cada instante, a cada segundo, con el objetivo de querer recordarlo todo. Me detuve en una imagen: una niña llevaba un cartel en el que se leía: «más tarde seré periodista».

Otro tramo de los más emotivos fue cuando pasaron los periodistas de Charlie Hebdo y la gente se lanzó a aplaudir y gritar: «Charlie, Charie» al tiempo. Ese sentimiento de colectividad arrancado de las gargantas de todos me emocionó, ese propósito común cuyo fin es ser escuchado en todos los lugares del mundo. Esos lápices enormes, pancartas blancas pidiendo ser escritas, y banderas ondeando en el frío parisino calentaban las esperanzas de todos.

Y por supuesto ese final, ese final en el que en mi cabeza sólo podía sonar «La canción del pueblo» de los Miserables. Posiblemente me dejo emociones, detalles, miradas, sonrisas, llantos y pensamientos. Pero algo me quedó claro ayer: lo que viví quiero que prevalezca, quiero seguir viviendo la democracia, la libertad, igualdad y la fraternidad de esta manera. Y de ninguna otra más.

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